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I. El secreto de Lord Kitchener

En los primeros años de la segunda década del siglo XX se escribieron en España varias novelas de política ficción, generalmente partidistas, semejantes a las que aún se continúan escribiendo y figuran en los libros de referencia del género cientificticio, narraciones que, junto con las utopías, conforman buena parte de la protohistoria de la ciencia ficción española. Más de la mitad de ellas situaron el escenario de su acción en la llamada guerra del 14 o Guerra Europea, la que luego sería la I Guerra Mundial.

Era frecuente que estuvieran escritas por periodistas y revistieran un tono jocoso, y son cercanas a las ucronías de guerras imaginarias en el sentido de que sus autores no narraban la Historia que en buena lógica cabría esperar, sino la que a ellos les gustaría que ocurriese, no enmendaban el pasado pero sí se adelantaban a corregir el futuro: podríamos decirlas "ucronías de anticipación". Hoy, a un siglo vista, si no conociéramos su fecha de publicación y no tuviéramos en cuenta el tono jocoso que les proporciona un marcado aire de implausibilidad, podríamos tomarlas por auténticas ucronías.

Era entonces un género joven que no se reducía a España. Por poner un conocido ejemplo, en 1915, para prevenir a sus compatriotas sobre los riesgos que supondría adoptar una postura pacifista ante la guerra europea, el americano J. Bernard-Walker escribió "La venganza del Kaiser. Nueva York bombardeada", no menos fantástica que sus análogas hispanas, donde una Alemania desesperada lanza toda su flota y sus comandos sobre la costa Este de los Estrados Unidos para extorsionarlos económicamente desde esa posición.

Su máximo exponente español fue Domingo Cirici Ventalló, conocido sobre todo por sus dos novelas de tiradas diezmilenarias, lo que hace que aún se sigan encontrando en las librerías de viejo, que fueron primero la indígena La República Española en 191... y después la alienígena El secreto de lord Kitchener [1].

Nació nuestro autor el 8 de febrero de 1878 en Terrassa (Barcelona), hijo de Matías Cirici y Vicenta Ventalló [2]. Desde los 14 años, y hasta los 20, colaboró en La Comarca (del Vallès), periódico de ideología conservadora del que era propietario su tío, el alcalde de Terrassa José Ventalló Vintró. En 1897 se trasladó a Barcelona, donde empezó siendo redactor de Las Noticias y, enseguida, de El Noticiero Universal. En 1907 fijó su residencia en Madrid, donde escribió crónicas de corte satírico, principalmente en El Debate y El Correo Español. Casó con Concepción Badé i Botana y falleció el 8 de diciembre de 1917 a consecuencia de un ataque de apendicitis, en su domicilio de la calle Covarrubias nº 5, reformado: contaba tan sólo 39 años de edad y su esposa 35. Dejó cinco hijos de los que alguno unió en uno solo los dos apellidos paternos.

Era la primera pluma jaimista y en los últimos años de su vida desarrolló además una gran actividad política, presentándose a diputado en 1914 por Vila de Muls (Gerona) y en 1916 por Borjas Blancas (Lérida) [3], aunque en ninguna de las dos ocasiones resultó elegido. Publicó también La peregrinación de la lealtad (1913), "episodio y recuerdo de una hermosa gesta", donde narra en carlistón acendrado una visita de legitimistas al pretendiente; Sátiras políticas (1916) y La tragedia del diputado Anfruns (1916), dos fantasías menores de costumbres políticas contemporáneas.

La escisión interna tradicionalista entre germanófilos y anglófilos, entre Vázquez de Mella y don Jaime, fue posterior a la publicación de El secreto de lord Kitchener y, obviamente, se puso de parte del primero, aunque la ruptura llegó cuando ya había muerto.

Entiendo que el Diccionario Espasa lo define generosamente cuando dice de él que su pluma era ágil y suelta, tenía un estilo lleno de color, gran capacidad para el trabajo, viva imaginación, gracia natural y certero instinto, lo que suplía su falta de una cultura sólida y hacía que se le perdonasen sus exageraciones e hipérboles, que llegaron a hacerse proverbiales: tenía verdadera facilidad para llenar varias columnas de un periódico con el suceso más insignificante. En su etapa barcelonesa hizo famosas informaciones de catástrofes y siniestros sin moverse de la silla del café en que escribía. Y la vehemencia que muestra en sus libros la vivió más de una vez en la realidad: en una ocasión se batió en duelo con un periodista republicano.

El secreto de lord Kitchener, quees una anticipación fantástica hasta lo delirante, cuenta el autor que lo escribió en 24 días y se imprimió sobre la marcha, de modo que las primeras páginas se tiraron antes de que entregara las últimas cuartillas, lo que le hace excusarse en una nota final por las alusiones a un periodista que ha caído gravemente enfermo y a una familia que ha perdido a uno de sus hijos. Estos datos, más el de la llegada de lord Kitchener al ministerio de la Guerra británico, permiten establecer que la obra se escribió al final del verano de 1914. La editorial la dio por publicada en noviembre de ese año.

La novela arranca con la conflagración recién iniciada y una Alemania que manda en tierra, mar y aire. Sus tropas avanzan imparables en los frentes de Polonia, Italia y Francia; sus barcos de guerra, especialmente los submarinos, hunden cuanto navío enemigo flota sobre las aguas, y sus aviones se enseñorean de los cielos, con unos zeppelines que lo arrasan todo en sus bombardeos. Inglaterra está al borde del pánico y su gobierno medita la capitulación, que sólo impide lord Kitchener al afirmar en presencia del rey que dispone de un último recurso, desesperado, sí, pero que puede acabar con la guerra.

El lord Kitchener de la novela se dedicaba a la compra de inventos bélicos. Un pirotécnico de Guadalajara, por ejemplo, inventa una pólvora cien veces más potente que ningún otro explosivo. Presenta su descubrimiento a Romanones, quien le protege desde que rompió una urna electoral que contenía votos que le eran desfavorables. El conde lo manda a Londres con su secretario, Brocas, pero Kitchener no los recibe, a pesar de que Romanones es su mejor baza en España y de lo mucho que los ingleses se esfuerzan para que los españoles rompamos nuestra neutralidad y nos alineemos con ellos.

Se trata tan sólo de un recurso del autor. Brocas es tenaz y, al descubrir a una española que quiere abrir camino a su hija en Londres, hace pasar a ésta por hermana del pirotécnico. Kitchener es un mujeriego, le encanta la chica, que es nada menos que la "bella Chelito", y proporciona a su "hermano" un gran laboratorio y 500 ayudantes. Romanones cobra 40.000 duros, de los que 1.000 son para el inventor, y éste, espoleado por los ingleses que le reprochan que su pólvora no es tan buena como había prometido, fuerza las mezclas y hace saltar por los aires las instalaciones, haciendo temblar el suelo de Londres, y muriendo.

A los ingleses les preocupaba la pólvora por la escasez de ella que sufrían, y por eso Kitchener adquiere igualmente el invento de un portugués que hace que los fusiles disparen por medio de pilas eléctricas instaladas en sus culatas y cosa parecida para los cañones. El luso se niega a recibir suma alguna por su descubrimiento, dada la tradicional amistad entre Portugal e Inglaterra, pero obtiene 10.000 duros para cada uno de sus 17 familiares que le han ayudado a desarrollar el invento.

En cuanto a la acción de guerra, Italia es una traidora que ha cambiado de chaqueta, por lo que el autor le dedica un capítulo en el que cuenta la sublevación socialista de Milán, la proclamación en Nápoles de la independencia del reino de las Dos Sicilias y el declarado propósito de los alemanes de retornar al Papa su poder temporal, devolviéndole los Estados Pontificios.

El caso de Portugal es peor, pues nuestros vecinos han abandonado la monarquía y se han vuelto republicanos. Un ejército de voluntarios embarca hacia Francia con tan mala fortuna que, ante la multitud que los despide con entusiasmo, el primer barco se hunde al chocar con la única mina submarina de que disponían los portugueses, que se ha colocado en la desembocadura del Tajo para defender Lisboa de un posible ataque naval alemán.

Los 30.000 voluntarios que llegan al frente sufren ya el primer día un noventa por ciento de bajas, aunque los ingleses se lo cuentan a los portugueses al revés, tan al revés que el Presidente de la República parte hacia Francia con miles de grandes medallas para condecorar a sus soldados victoriosos. Allí conoce la verdad, le fuerzan a que mantenga la superchería y entrega las medallas a los indios, que las usan como platos para recoger el rancho. En la realidad, un cuerpo expedicionario portugués marchó a Francia y su llegada coincidió con una rectificación táctica del frente alemán, lo que dio pie a que al día siguiente un diario lisboeta titulara: "O bárbaro teutón móstrase cauto" (he oído también la versión "O bárbaro teutón fuxe ante nos", pero creo que la primera es la correcta).

Forzado por Inglaterra, Portugal envía sus últimos efectivos a Egipto, donde los nativos se han rebelado contra sus colonizadoras, un ejército que es el primero en estar equipado con los dispositivos eléctricos de su invención. Y sucede que, al cabo de unos cuantos disparos, los fusiles electrocutan a quienes los manejan o se disparan por la culata, matando igualmente a los que los empuñan. El general expedicionario antes de la batalla arenga a sus tropas diciendo: "Desde estas pirámides, como mi colega Bonaparte...". Tras la derrota, este "Atila de la República" es llevado a El Cairo y exhibido en una jaula con un cartel en que se lee: "He aquí al Atila portugués".

La novela, como es de suponer, trata muy mucho de cuanto acaece en España. Los enemigos del autor, jaimista y maurista, son los liberales y los radicales, y sus víctimas políticas preferidas, el señor conde de Romanones y don Alejandro Lerroux. Un par de acontecimientos menores son el uno la visita de incógnito del primero a Inglaterra, para retirar el oro que tiene depositado en Londres; un overbooking naval le obliga a pernoctar en una pensión, donde es confundido con un espía y conducido a comisaría, para al final ser indemnizado.

En el otro suceso, el Presidente del Consejo de Ministros, que era entonces Eduardo Dato, juega todas las tardes una partida de tresillo en la que se admite a un judío inglés, emparentado con los Battenberg, que le acusa de hacer trampas y lo reta en duelo a espada. A la postre se averigua que es un esgrimista profesional contratado por Inglaterra para acabar con el presidente y propiciar la llegada al poder de un político partidario de luchar en la guerra al lado de los ingleses.

Pero los acontecimientos más jugosos están por llegar. La prensa de izquierdas organiza una legión de voluntarios para combatir en Francia, ofreciendo a cada uno dos pesetas de soldada, dos litros de vino y un cuartillo de aguardiente al día, lo que hace que la recluta sea fructífera. Debía mandar la tropa el propio Lerroux, pero una "traidora enfermedad" le impide hacerlo, resignando el mando en Emiliano Iglesias. "Los cosacos del Paralelo" -D. Alejandro era conocido como "el emperador del Paralelo"- se ponen en marcha hacia el Pirineo cantando un himno que comienza:

"¡Hurra, Cosacos del Paralelo! Germania os brinda espléndido botín..."

Llegan a Pertus de noche y la población los confunde con invasores, de modo que sufren trescientos muertos en el tiroteo que se entabla. Se ponen después en marcha, no sin bastantes deserciones, entre ellas la de quien llevaba la caja con los fondos, y alcanzan Ceret, donde se creen protegidos de los germanos por las colinas que los separan. Éstos disparan su artillería por encima de las elevaciones, bombardeando la ciudad por el "criminal procedimiento de la parábola", que titularía en otra ocasión un periódico español.

Se asustan y envían un parlamentario a pactar las condiciones de la rendición, pidiendo que se respete la iglesia gótica del pueblo, que no les disparen más obuses del 32 y que se les permita retirarse con honores militares. El oficial alemán al mando responde que se fijen más en lo que dicen, ya que la iglesia no es gótica, no han disparado ni un solo obús del 32, que reservan para mayores empeños, y no son militares, sino una pandilla de desharrapados no susceptible de honor ninguno. Eso sí, respetarán los lugares en que se atiende a los heridos, que se señalarán con una bandera blanca con la cruz roja en el centro.

Todos los españoles colocan este distintivo en el tejado de las casas en que están albergados, con lo que el pueblo se ve desde las colinas enteramente cubierto de cruces rojas, lo que irrita tanto al oficial alemán que bombardea y toma la población. Emiliano Iglesias decide que tiene que resignar su honor a una exigencia suprema y huye hasta Marsella disfrazado de campesino, con el propósito de embarcar con rumbo a los Estados Unidos y presentar una documentada nota de protesta al presidente Wilson. Los germanos ponen a trabajar a los Cosacos del Paralelo en faenas agrícolas y son varios los que optan por la dignidad del suicidio frente a tan indigna tarea.

La novela resulta difícil de resumir porque cada capítulo cuenta una acción distinta de la anterior y de la siguiente. El número de capítulos coincide prácticamente con el de jornadas que tardó el autor en escribirla, por lo que es fácil suponer que lo hizo a razón de un capítulo y una acción por día, a la manera de las crónicas diarias que un corresponsal de guerra enviaría a su periódico desde el frente.

Volviendo a la contienda, los franceses sufren un verdadero calvario por el apoyo que prestan a los ingleses, apoyo que el autor hace llegar a extremos de sumisión abyecta. Con los alemanes dueños de la mayor parte de su territorio y el gobierno de Poincaré refugiado en Marsella, llegan refuerzos zulúes, hotentotes y pieles rojas, que vienen a luchar con lanzas y flechas envenenadas, andan desnudos y combaten el frío bebiendo y bailando. Han de comer cabras silvestres y, cuando en un pueblo se las niegan, se comen al alcalde y al más gordo de los concejales, lo que da lugar a una nota de protesta de Inglaterra por haber violentado los hábitos alimenticios de los abnegados guerreros que han ido a combatir por Francia.

En éstas, una noche los zeppelines bombardean Londres, dejando media ciudad en llamas, mientras la otra media la incendian las clases bajas para saquear las casas de los ricos. Y muere lord Kitchener, aunque no a causa del bombardeo, sino a manos de una sufragista cuyo novio ha sido militarizado y muerto en el frente. Su agonía es espantosa: se retuerce entre los escombros a que ha sido reducido su Ministerio con unas tijeras clavadas en la espalda y el temor a que se pierda con él su secreto.

No es así. Ha dejado por escrito que un ingeniero eléctrico ha descubierto la manera de hacer detonar todos los explosivos a 200 kilómetros a la redonda de una antena de radio, aunque sin regulación direccional, por lo que, una vez accionado el dispositivo, saltarán por los aires todos los arsenales, polvorines, santabárbaras de los buques y demás, tanto propios como enemigos. Como Alemania ha lanzado un ultimátum definitivo a Inglaterra, el gobierno Asquith decide ir en busca del inventor en una sesión vespertina tan desesperada que acude a ella hasta el ministro Burns, que trabajaba activamente por las mañanas pero a las 5 en punto de la tarde lo dejaba todo para emborracharse.

Kitchener no había adquirido el descubrimiento porque el ingeniero pedía por él la exorbitante cifra de 10.000 libras que el hombre, confiado en cobrarlas, había empezado ya a gastar. Cuando vio que no podía hacer frente a sus deudas, vendió el invento a los alemanes y se escabulló. Entonces Inglaterra se desespera, consulta la rendición con sus aliados y, excepto Francia y el sumiso Portugal, todos los demás países la abandonan. El telegrama de Servia (se escribía entonces con v, hacerlo con b es posterior) es tan breve como expresivo: "Caigan sobre Inglaterra y sobre su rey las maldiciones del pueblo servio"

Jorge V huye a Gibraltar y Guillermo II desembarca en Londres, donde los ingleses no ahorran humillación alguna para congraciarse con él: lo recibe un comité de damas ancianas a las que conoció en su niñez, cuando vivía en el palacio de Buckingham con su abuela, la reina Victoria.

La guerra termina ahí, sólo faltan los finales de Portugal y España, y el de nuestros vecinos es trágicocómico. El jefe del partido liberal es arrastrado por las turbas por las calles de Lisboa con una cuerda atada al pescuezo, hasta que muere. El director del periódico más partidario de la guerra y de los ingleses se refugia en la legación británica, pero la multitud enfurecida asalta la sede diplomática, arría la bandera que ondea en el mástil e iza en su lugar, soga al cuello, al periodista y al embajador.

El primer presidente de la República corre una suerte parecida. Cuando pretende huir en un submarino, que es el único barco de guerra que resta a Portugal, no queda nadie capaz de tripularlo. Un español exilado en Lisboa con los fondos reservados de un ministerio le ofrece los servicios de un supuesto ingeniero naval, cuya experiencia real se reduce a haber trabajado de buzo en el madrileño estanque del Retiro. Aunque la mar está como un plato y navegan en superficie, el submarino se va a pique y los tres perecen ahogados.

A Romanones se le cierran todas las puertas en España y ha de huir disfrazado hacia Gibraltar en un tren de mercancías, en el que se le une Lerroux. Entrar en la colonia cuesta 2 pesetas, que el conde consigue, pero D. Alejandro no, aunque al final logra que el aduanero le admita una moneda que le habían regalado sus correligionarios con la inscripción "Maura, no".

No podía dejar el autor sin su episodio a los independentistas catalanes francófilos. Éstos han adquirido por suscripción popular una espada con empuñadura de oro y piedras preciosas con intención de ofrecérsela al general Joffre. Prisionero de los alemanes, se la regalan a Poincaré, para terminar en una casa de empeños en Buenos Aires cuando el ex presidente francés abre bufete en la capital argentina.

Episodio jocoso de que tampoco se libra el partido reformista. Varios de sus prohombres, encabezados por D. Melquiades Álvarez, acuden a Gibraltar a cumplimentar al rey inglés. Un servio que intervino en el atentado de Sarajevo y anda huido de la justicia austriaca, acecha al soberano para asesinarlo, pero lo confunde con Pedregal y acaba con el infeliz José Manuel.

En fin, el único refugio que se ofrece al monarca británico es el que le brinda en Rabat el sultán de Marruecos -"Alá es misericordioso"- y España cierra la acción con un gesto bizarro: se atreve a fortificar sierra Carbonera.

El libro mereció críticas elogiosas en Alemania, aunque las que se reproducen en su segunda edición tienen un perfil tan parecido que cabe suponer que no fueron espontáneas, sino que tuvieron un origen común. En cualquier caso, se tradujo rápidamente y se publicó en enero de 1915 en Leipzig, con el título de Kitchener Geheimnis, "cosas alegres de la guerra mundial", en versión de Von Georg Spandau, con curiosas notas explicativas y una tirada de nada menos que 40.000 ejemplares. También se tradujo al sueco y se publicó ese mismo año en Estocolmo con el título de Kitcheners hemlighet.

A los portugueses les sentó como un tiro. El diario republicano O Globo, de Lisboa, escribió: "

"Es un libro infame, en el que se ofende a Portugal y a los países que, defendiendo el progreso y la libertad humana, luchan contra el bárbaro teutón. Si la neutralidad española fuese sincera, se habría prohibido el difamador libro de Cirici Ventalló."

En España las críticas fueron del tenor de la ideología de las publicaciones que las hacían. Los tradicionalistas lo elogiaron: "

"Deja en la más espantosa miseria a Lerroux, Romanones y compañía"

escribió, por ejemplo, El Diario de Valencia. El republicano El País, en cambio, fue rotundo en sentido contrario:

"Afortunadamente, Cirici Ventalló no tiene nada de profeta y las cosas ocurrirán de diferente manera a la que él asegura, con victoria completa de los aliados y aplastamiento de teutones y carlistas."

Otros lo tomaron a broma y entre ellos merece resaltarse la actitud del Diario Universal, que pasaba por ser el órgano de Romanones:

"Hay que sonreírse de Diocleciano y de Nerón inventando martirios, ante las cosas que imagina el distinguido escritor para aplastar a los hijos de la Gran Bretaña."

También fue expresivo Mañana:

"...actuando de Verne con las enaguas de madame de Thebes, olfatea y discurre, averigua e imagina, quita y añade y lanza a la voracidad pública estas maquinaciones audaces, salerosas, en que danzan Romanones, Weyler, Brocas, la Chelito y su señora madre y otras personas conocidísimas..."

Para ir terminando, reproduzco un párrafo de la crítica en Nueva España del diputado radical Rodrigo Santiago:

"Poeta y fantástico soñador, especie de Mark Twain o de Leonice Terrieux con boina y renegrido trabuco de «requeté», se nos presenta el terrible Cirici Ventalló como fiador del porvenir [...] Ventalló se convertirá pronto en «Von Talló, feldmariscal del Wassen»."

Y del periódico satírico El Mentidero, en ocasión de su traducción al alemán:

"...obra despampanante de Cirici Ventalló, que es capaz de tomarle el pelo a una rana (no aludimos a ningún político), que ha merecido el honor, verdaderamente brutal, de ser traducida al idioma de Don Guillermo II [...] El hombre se va a sacar una de marcos como para pedir una colección completa de estampas de la calcomanía nacional y nos va a hacer el favor enorme de que en Alemania conozcan a D. Álvaro y demás faros giratorios de nuestra política [...] El libro, al ser vertido al alemán, lleva unas acotaciones que se le hincha a uno el estómago de reírse."

El ABC pone el dedo en la llaga cuando dice:

"...le proporciona tal seguridad de su público, que de la primera edición de su libro ha vendido una tirada de 12.000 ejemplares. ¿Para qué más elogios?" Esa es la clave del asunto. El Correo Español había apostado fuerte por su colaborador, 12.000 ejemplares eran muchos ejemplares, pero no se equivocó. A los seis meses hubo de sacar una nueva edición, ésta de 6.000 ejemplares, con el título ampliado a El secreto de lord Kitchener y el desastre de Inglaterra, "segunda edición española, con un epílogo en el que se trata de las enormes ventajas que ha de reportar al mundo latino la bancarrota de Inglaterra." [4].

Domingo Cirici Ventalló

El texto se mantuvo igual, con el solo añadido de un capítulo postrero en el que se narra lo que antes se había omitido: la bancarrota de Inglaterra en la conferencia de paz de Ginebra. Los británicos han de pagar una indemnización de guerra de cien mil millones y pierden la totalidad de su imperio colonial; aún más, Alemania planta su bandera en Dover para que se enteren los ingleses de lo que escuece Gibraltar. Jorge V acepta la oferta de Alfonso XIII y termina sus días en la isla de la Cabrera, llegando a ser un buen pescador de caña.

Austria y Alemania incrementan extraordinariamente su territorio con cargo a Italia y Francia, se reparten la India y Argelia y crean un imperio propio en Oceanía. Además Bélgica pasa a ser un estado de la confederación germana -al rey Alberto lo hacen rey del Congo- y algo parecido sucede con Polonia.

Si lo de Francia es malo, lo de Italia es peor: hasta Suiza se queda con una parte de su geografía, consiguiendo una salida al mar en Génova. Al rey Víctor Manuel lo mandan con su familia a una granja en una isla perdida y escribe a cada poco a las cortes de Berlín y Viena pidiendo una sola cosa, que se lleven a otro sitio a su suegro, que lo maltrata constantemente de palabra y de obra.  

A España, en fin, se le adjudican las colonias de Portugal y en este país se vuelve a implantar la monarquía en la persona del primogénito de un yerno del Kaiser. Resulta ser un gran rey, muy amigo nuestro, por lo que unos años después se cumple "el más bello de nuestros anhelos históricos: el ideal grandioso de la unidad ibérica".

Con estas palabras termina el libro. Ya he comentado en otras ocasiones que el iberismo era sentimiento común de cuantos de estas cosas se ocuparon. Otro, como señala Saiz Cidoncha, era su aversión compartida hacia las feministas: aborrecían a las sufragistas.

* * *

Este artículo se publicó en el cuadernillo de Apuntes para la historia de la ciencia ficción española: El boom de la política ficción I , Madrid, 1999, en la revista BEM nº 68, abril-mayo 1999, Valladolid, Interface, traducido al catalán en la revista Ciutat, Terrassa, tardor 2000, y, enmascarado de entrevista, en el Diari de Terrassa, 26 junio 1999.

NOTAS

1. Cirici Ventalló, Domingo. El secreto de lord Kitchener, Madrid, impr. de El Correo Español (Pizarro 14), 1914, rúst., int., cub. a tres tintas, 222 pp. en 8º francés (20x13 cm.), 2 pta., 12.000 ej.

 2. Varios de sus datos biográficos me los ha facilitado amablemente la historiadora terrassenca Ángels Carles, autora de una muy documentada tesina sobre este autor. Ver su artículo "Domingo Cirici Ventalló, escriptor i publicista", en la revista Ciutat nº 10, Terrassa, tardor 2000.

3. Vilademuls (Girona) y Les Borges Blanques (Lleida). Reproduzco los nombres según los escribió el autor.

4. Cirici Ventalló, Domingo. El secreto de lord Kitchener y el desastre de Inglaterra, 2ª ed., Madrid, impr. de El Correo Español, 1915, rúst., int., cub. a tres tintas, 238 pp. en 8º francés (20x13 cm.), 2 pta., 6.000 ej.

 

 

 
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