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I. EL ANACRONÓPETE DE GASPAR
 FUE ANTES QUE LA MÁQUINA DE WELLS

"...senté plaza de mendigo
literario, o sea, autor español"

La invención del viaje por el tiempo es cosa reciente. Desde la antigüedad más remota hubo sueños y visiones, del pasado o del futuro, que se explicaron en términos mágicos o religiosos, pero otra cosa es la concepción del fluir cronológico como una corriente que se puede remontar aguas arriba o navegar a mayor velocidad que la de arrastre.

No es que los filósofos no se ocuparan de su naturaleza. Aristóteles explicó sabiamente que el tiempo era la medida de lo temporal y Agustín de Tagaaste dijo muy bien que era una cosa que entendía perfectamente hasta que alguien le pedía que se la explicara, por considerar tan sólo dos de sus definiciones más clásicas.

Centrándonos en lo que a nosotros nos importa, August Derleth escribió que el primer viaje en el tiempo apareció en Mising one's Coach: An Anachronism, de autor anónimo, publicado en 1838. Ya es tópico por parte de los americanos el desconocimiento de la historia ajena, en este caso razonable, pues la ciencia ficción la han reinventado y reescrito ellos desde el principio.

Mas Pierre Versins, en su gran Encyclopédie, le enmienda la plana al señalar que ya el francés Restif o Retif de la Bretonne imaginó en su novela Les posthumes, editada en 1802, que el Duque Multipiandre viajaba al futuro introduciéndose en cuerpos de hombres del porvenir. Así lo hace, prevé un diluvio universal para dentro de cuarenta siglos y salva a la raza humana de su extinción [1].

Pero una cosa específicamente distinta es desplazarse en el tiempo mediante una máquina construida intencionadamente para ello. El primer ingenio así imaginado se acepta unánimemente que fue el que ideó hace poco más de cien años H.G. Wells en su The Time Machine, una máquina de la que se dice tan sólo que está construida de níquel, marfil y cristal de roca, que tiene palancas y dispone de una silla para sentarse. Su argumento es bien conocido e interesante y su influencia en la literatura posterior, enorme.

La máquina del tiempo vio la luz en 1895 (Holt, Nueva York, The Time Machine and Other Stories), aunque una narración más corta, The Chronic Argonauts, empezó a leerse a partir de abril de 1888 en Science School Journal, interrumpiéndola el autor en junio, al cabo de tres entregas, porque no la encontraba lo suficientemente conseguida, y es una narración que ciertamente se ocupa de un desplazamiento de quince años al pasado del Dr. Moses Nebogipfel. Wells, en fin, escribió hasta seis versiones de un viajero del tiempo en los años siguientes y, en 1894, apareció una en The National Observer y otra más en 1895, ésta con el título de The Time Traveller's Story, publicada en The New Review, como se ha ficho ya muchas veces.

Se sabe que Wells había leído las dos últimas obras de ficción del popular astrónomo francés Camille Flammario, aunque desconozco si había leído también una de las primeras, Lumen (1802 en Récits de l'infini), donde el protagonista se ve nacer a sí mismo, por ejemplo, desde la estrella Capella, situada a 370 millones de leguas, esto es, 72 años-luz de la Tierra. Allí van las almas de los muertos de manera prácticamente instantánea y así pueden contemplar acontecimientos aquí sucedidos hace ese tiempo. No parece una fuente de inspiración demasiado rotunda para idear una máquina de viajar en el tiempo, pero Flammarion bien pudo influir en algún autor posterior.

En un artículo aparecido en la revista Foundation, firmado por W.M.S. Russell -cuyo conocimiento debo a Pedro Jorge Romero-, se reclaman algunos otros posibles precedentes. El primero sería Sylvie and Bruno, de Lewis Carroll, editado en 1889, donde el profesor Outlandish dispone de un reloj en el que, si se aprieta una clavija en sentido contrario al normal, los acontecimientos de la hora siguiente transcurren al revés, al igual que, cuando se giran las manecillas de modo inverso al de su marcha, también el tiempo transcurre a la inversa.

En Through Looking Glass, la Reina Blanca sangra igualmente antes de pincharse, aunque cabe matizar que, mientras en Silvia y Bruno la inversión temporal tiene lugar realmente, en A través del espejo todo se reduce a un sueño.Obviamente, no se trata de una máquina de viajar en el tiempo, Carroll escribe sus maravillas desde otra perspectiva.

Caricatura de Enrique Gaspar por Folchi

Otro precedente podría ser el de Mark Twain en A Connecticut Yankee in the King Arthur's Court, que se dio a la imprenta en 1889 y donde el americano se queda dormido para despertarse en el reino de Arturo de forma inexplicable. Incluso regresa a su tiempo mediante un sueño mágico en que le hace entrar el mago Merlín, de modo que no hay máquina ninguna. Ello no es óbice para que resulte muy interesante, pues el viajero se desplaza trece siglos en su propio cuerpo e interviene activamente en los acontecimientos de la otra época, haciéndolo además de manera científica.

Y otro antecesor más fue el francés Eugène Mouton, autor de algunos relatos breves de corte humorístico de los que tres podrían considerarse de proto ciencia ficción, entre ellos L'historioscope, publicado en 1883 en Fantaisies. Un escritor narra un supuesto comercio de anguilas vivas entre babilonios y etruscos y, para su sorpresa, recibe una carta de un sabio en la que le dice que es cierto, que él lo ha visto. Todos los objetos emiten ondulaciones que llegan hasta la retina del ojo, propagándose en línea recta a través de la atmósfera hasta los espacios infinitos. Con una pantalla de reflexión y un telescopio de su invención, que amplía las imágenes veinticinco millones de veces, puede captar cualquier escena sucedida en el pasado al aire libre y con la iluminación suficiente.

Aquí no existe realmente viaje en el tiempo, aunque se trata de un punto de referencia importante y las elucubraciones científicas resultan "casi" plausibles para los conocimientos de la física del siglo XIX. Mouton describe con humor episodios del pasado y se detiene a explicar las objeciones que podría plantearse el lector, como es la de por qué las imágenes de escenas posteriores no borran las de las anteriores.

Pues bien, a Carroll, a Twain y particularmente a Wells, precedió el español Enrique Gaspar, con su novela El anacronópete, aparecida en 1887, parte de la cual se recoge en la antología del profesor Nil Santiáñez-Tió De la luna a Mecanópolis (Barcelona, 1995). No es una novela desconocida -el Diccionario Espasa, por ejemplo, la menciona por dos veces-, pero muy poco comentada. De hecho, pienso que nadie se había ocupado de ella por escrito dentro de nuestro género hasta que lo hizo el citado antologista: si a Gaspar corresponde el mérito de haber sido el primero en imaginar una máquina para viajar en el tiempo, a nosotros nos corresponde procurar que se divulgue y figure en los libros de referencia [1].

* * *

Enrique (Lucio Eugenio) Gaspar y Rimbau nació el 2 de marzo de 1842 en Madrid, en el cuarto bajo del nº 23 de la calle del Sordo -hoy 19 de su colega y rival José Zorrilla, lo que no deja de ser una ironía-, situado frente a la puerta de entrada del público al antiguo Congreso, hijo de Juan Gaspar y Rafaela Rimbau, ambos actores. Cuando Enrique tenía seis años murió su padre y su madre se trasladó con sus tres hijos a Valencia.

Cursó en esta capital cinco años de enseñanza elemental y pasó después a estudiar Humanidades y Filosofía, para terminar empleándose en la casa de banca y comercio del Marqués de San Juan, tanto por un incidente con un profesor como por la situación familiar, que no era desahogada. Sus únicos ingresos provenientes de la dedicación de su madre a la escena.

Pero a Gaspar, que había nacido entre bambalinas, le tiraba el teatro y no pensaba en nada más: "decía las cosas de modo que cayesen en verso", de modo que a los 13 años escribió una zarzuela y a los 14 era ya redactor de La Ilustración Valenciana, de la mano de quien sería uno de sus mejores amigos, Teodoro Llorente, el fundador y primer director del diario Las Provincias, el hombre que con un artículo derribó al gobierno en el 81.

A la temprana edad de 15 años estrenó su primera comedia, en la que su madre interpretó el único papel femenino, y ya nunca abandonó la pluma. Poco después su situación económica cambió radicalmente, al contraer segundas nupcias su madre. A los 21 años volvió a Madrid, de la mano ahora del actor y luego empresario Emilio Mario, otro gran amigo suyo. Luego diría: "Senté plaza de mendigo literario, o sea, autor español". Se estimaba entonces que un dramaturgo tenía que escribir seis obras al año para poder vivir de su trabajo y Gaspar podría haberlo hecho. Una vez, al rechazarle la censura una pieza, la reescribió distinta en diez horas.

Conoció sus mejores años entre la revolución del 68 y la restauración del 75, que dio paso a una generación más conservadora. En ese tiempo desplazó de los escenarios a la sociedad de la alta comedia para subir a ellos personajes y problemas burgueses, adelantándose en un cuarto de siglo a su tiempo; compitió también con los dramas históricos, tan de moda a la sazón, y precedió a Joaquín Dicenta y Benito Pérez Galdós en la creación del teatro social español.

Escribe Poyán [2], que es seguramente quien más a fondo lo ha estudiado: "El país entero sufría la fiebre de la especulación y el agiotismo. El enorme desarrollo de la industria, las grandes empresas y adelantos materiales -sociedades de crédito, de seguros, ferrocarriles, ensanche de poblaciones, etc.- modificaban las costumbres con susto de los moralistas. Y el problema público se había complicado con la cuestión social...". Ahí se desarrollaba el teatro de Gaspar. "Hoy el talento no consiste en concebir vastos planes, sino en aprovecharse hábilmente de la oportunidad", diría más tarde.

A los 23 años se casó con una rubia valenciana de ojos negros y de gran belleza, Enriqueta Batllés y Bertrán de Lis, hija del rector de la Universidad y de una dama de la aristocracia, que no vieron con buenos ojos la boda de su hija con un hombre de tan pocos posibles. Y, tras el nacimiento de su segundo hijo, a los 27 de edad, ingresó en el cuerpo consular, aunque "las letras no sirven de otra cosa que de un pequeño escalón para subir a los cargos públicos".

Ingresó como vicecónsul, ayudado por su ideología liberal, que era la del partido en el gobierno y, como se sabe, en España había poder y oposición, esto es, funcionarios y cesantes. Estuvo un año en Sête y sus amigos consiguieron que se le mandase a Atenas, donde pasó cuatro, ya que, cuando lo destinaron a Nueva Orleáns, sus nuevos amigos griegos escribieron al Ministerio español pidiendo que no se fuera y el nombramiento se anuló.

Luego, de los 32 a los 35, estuvo destinado en Saint Nazaire, pero el clima no resultó bueno ni para su salud ni para su inspiración, por lo que retornó a Madrid, donde consiguió ser ascendido a cónsul, lo que suponía que su sueldo pasaba de 3.000 a 5.000 pesetas anuales, y destinado a China. Allí residió siete años, de los 36 a los 43, primero en Macao y luego en Hong-Kong, siempre escribiendo y a veces estrenando en España. Colaboró regularmente en El Diario de Manila, lo que le reportaba mil reales al mes.

Vuelto a España, donde muerto Ayala triunfaba Echegaray y el romanticismo invadía los escenarios, es destinado muy cerca, a Oloron. Su familia reside en Barcelona y él mantiene un estrecho contacto con un conocido grupo de hombres de letras catalanes afines literaria y políticamente, llegando a estrenar en catalán en la Ciudad Condal. La proximidad a España le da bastante trabajo, por las actividades de carlistas y republicanos.

Cuando tiene 48 años se le destina a Perpiñán y luego, ascendido a cónsul de primera, vuelve a Sête, sin conseguir una plaza en el Ministerio en Madrid, para desde la capital luchar por la ilusión de su vida: ocupar un sillón en la Academia. A los 54 años alcanza la culminación de su carrera, al pasar al consulado de Marsella, la segunda ciudad de Francia. Allí fallece su esposa, se queda solo y su salud se resiente. Achacoso, bronquítico, se jubila anticipadamente y se va a vivir a Oloron, con su hija, el marido de ésta, Rafael Lavigne, y sus nietos.

Siempre escribió de noche y encendiendo un pitillo tras otro. Sin perder sus ilusiones literarias, desde una silla de ruedas y con un balón de oxígeno, cuenta su yerno que constantemente le decía: "No fumes o te arruinará a ti como me ha arruinado a mí" [3]. Víctima de un fuerte ataque de asma, falleció el 7 de septiembre de 1902, a la temprana edad de 60 años, en Oloron, donde está enterrado.

¿Cómo se dedicó a la novela un tal autor teatral? Con la llegada del realismo la novela se situó a la cabeza de los géneros literarios y se consideró el instrumento más idóneo para el análisis de situaciones y personajes. Musset y Zola, López de Ayala y Pérez Galdós simultanearon el teatro y la novela. Además Gaspar sufrió algunas desilusiones como dramaturgo que le impulsaron momentáneamente a cultivar otros géneros literarios.

* * *

El anacronópete, en su primera versión, se escribió en 1881, cuando el autor estaba en Macao, como se demuestra porque, al referir la batalla de Tetuán, que tuvo lugar el 4 de febrero de 1860, dice: "Escribo estos renglones veintiún años después de aquel memorable acontecimiento". Sin embargo, no apareció hasta finales de 1887, en Barcelona, lujosamente editado en la Biblioteca ARTE Y LETRAS por Daniel Cortezo y C.ª, calle de Pallars (salida de S. Juan). El volumen incluye El anacronópete en sus 218 páginas iniciales y, a continuación, Viaje a China y Metempsícosis. En la cubierta se lee solamente "E. Gaspar, Novelas".

Tanto esta cubierta como las ilustraciones de texto fueron realizadas cuando sólo tenía 17 años por el pintor y dibujante catalán Gómez Soler, nacido en 1870 y fallecido en 1899, que dedicó la mayor parte de su corta vida a trabajar como ilustrador para revistas y editoriales. Poseía un dibujo fino y fácil, de trazo seguro y desenvuelto.

La teoría temporal de Gaspar no tiene demasiado sentido, por supuesto. La atmósfera es el tiempo y el tiempo lo forman los acontecimientos. Pone el ejemplo de un sombrero de copa sobre el que, al darle vueltas, se va arrollando una gasa. Al igual la Tierra, al girar sobre su eje, ha ido adquiriendo capas de tiempo que se pueden desenrollar. Otro ejemplo es el de una lata de conservas en la que se ha hecho el vacío; cuando uno la abre consume el producto del momento en que fue envasado, porque no hay atmósfera dentro.

Cabe preguntarse si la idea de esta teoría la sacó pervirtiendo a Flammarion, quien, en la Narración sobre el tiempo y el espacio por un espíritu [4], dice: "El tiempo está formado por los movimientos periódicos de los cuerpos materiales", "El tiempo, es decir, el movimiento, existe para los objetos materiales" y "El universo material produce medida y tiempo con sus movimientos".

El anacronópete se eleva hasta el centro de la atmósfera, movido por la electricidad, y allí navega en el vacío, gracias a cuatro grandes cucharas mecánicas que lleva en sus extremos, girando alrededor del globo terráqueo a una velocidad de más de 80.000 kilómetros por segundo (afortunadamente menor que la de la luz, para no meternos en complicaciones), de modo que, mientras la Tierra describe un día, el ingenio retrograda 480 años en el tiempo.

Por hablar de todo un poco, cuando un terremoto mata a Lois Lane, desobedeciendo la prohibición de su padre, Superman se desplaza al pasado a salvarla, dando vueltas también a la Tierra a toda velocidad, como sabrán al menos quienes hayan visto la primera de sus películas. Nihil novum sub sole.

La máquina del tiempo que ha inventado el sabio español Sindulfo García inicia su viaje desde los terrenos de la Exposición Universal de París de 1878. Gaspar no olvida su condición de hombre de teatro y este García bien podría tener que ver con la Malibrán, la actriz de nombre María García, a la que cita después, diferenciando muy mucho su García a secas de los García de Paredes o García de Córdoba. La primera parada del anacronópete, "el que vuela hacia atrás en el tiempo", estaba previsto que fuera para preguntarle al rey Felipe II si el pastelero de Madrigal fue en verdad el rey portugués, en clara ironía sobre los dramones históricos que competían con su teatro costumbrista.

Don Sindulfo era de Zaragoza, como Maripepa Bureba, la inventora del orbimotor de los viajes interplanetarios de El Coronel Ignotus, y como el primero de los Aznar, la familia que está al mando del planeta artificial Valera de la popular saga de George H. White (Pascual Enguídanos Usach). A sus cuarenta años, estaba perdidamente enamorado de una sobrina y pupila suya, que amaba a otro, y siempre deseó vivir en tiempos en que los tutores pudieran imponer su voluntad sin límites a sus tuteladas. Así, cuando la sirvienta le dijo que, si se pudiese raspar con un cuchillo el hollín depositado a lo largo del tiempo en la chimenea, él pensó que igualmente podría quitarse los años de encima y enseguida formuló su teoría del tiempo, gastándose su inmensa fortuna y parte de la de su sobrina en construir el anacronópete. Nada de ello fue obstáculo para que Gaspar pusiera en su boca que quería remontarse hasta el día de la Creación para estar cerca de Dios... ¡Hay que ver cómo mentimos los hombres para no confesar las cosas que hacemos por una mujer!

El paralelepípedo es un mecanismo de hierro fundido de tamaño colosal, rematado en dos de sus caras opuestas por sendos frontones, en los que luce en grandes letras su nombre. El autor lo describe con detalle inusitado y, además de las cuatro grandes cucharas citadas, que tienen la forma de un 7 curvado, lleva unos enormes ventanales de cristal que permiten las observaciones. En su interior posee toda clase de comodidades, al estilo de una confortable casa de pisos, más las pilas eléctricas que lo mueven y los aparatos productores del fluido García, que hace que los pasajeros no rejuvenezcan cuando el anacronópete se desplaza hacia atrás en el tiempo. 

A más de muchas salas de estudio y laboratorios, tiene un ala izquierda destinada a camarotes de los caballeros y otra derecha para los de las señoras, con toda clase de invenciones, como un aparato en el que se echa la ropa sucia por un extremo y sale por el otro lavada, seca, zurcida y planchada, o una cocina en la que se dispone un pollo y un chispazo lo despluma y otro lo guisa, a una velocidad 7.200 veces superior a la de un asador ordinario. Las escobas mecánicas barren solas todo el artilugio.

En principio está previsto que el anacronópete despegue llevando tan sólo a bordo a su inventor, Don Sindulfo, su ayudante y amigo Benjamín, su sobrina y pupila Clarita y la sirvienta de ésta, la fregatriz Juanita, pero embarcan veintinueve personas más. Diecisiete húsares, entre los que se cuentan su capitán Luis, el amor de Clarita, y su asistente Pendencias, amor a su vez de Juanita, que no reciben el fluido de inalterabilidad y desaparecen antes de hora y cuarto de viaje, pues ninguno sobrepasa los 25 años de edad, y doce mujeres de esas que tienen "el lujo por cebo y el arte de agradar como oficio", que el gobierno galo pide al sabio hispano que rejuvenezca hasta sus 20 años para que empleen mejor sus encantos y encaminen por otros rumbos sus vidas, a fin de empezar así la regeneración moral de Francia. Éstas, lógicamente, reciben el fluido García cuando han rejuvenecido hasta esos veinte años, tras una serie de lances de humor, como el salto de un diente postizo y la entrada del natural en su hueco.

La primera parada del anacronópete tiene lugar para contemplar la batalla de Tetuán, en el año 1860. El ingenio modera extraordinariamente su velocidad y los acronóbatas asisten al desarrollo de esta pugna evidentemente al revés. El autor menciona entonces la descripción de la batalla de Waterloo por parte de Lumen, el antedicho personaje de Flammarion, quien, desde la estrella Capella, ve y cuenta esta batalla en sentido inverso, en una narración que es un texto clásico del género. Así que Gaspar conocía al menos los Récits de l'infini, del famoso astrónomo galo.

Pero el vehículo ha reducido demasiado su velocidad y se ha puesto inadvertidamente a avanzar en el tiempo -con algunas incongruencias cronológicas que no revisten mayor relevancia-, encontrándose por sorpresa en París la noche anterior a la de su partida. Don Sindulfo ha caído en un acceso, por lo que tripula Benjamín, quien desembarca a las doce señoritas rejuvenecidas. Así se concluye el ciclo francés, "el primer acto".

Luego el anacronópete se hace de nuevo a la atmósfera y se detiene para proveerse de alimentos en momentos de la historia que le interesa recrear a Gaspar, como la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492 o una pedrea -enfrentamiento a pedradas- en Rávena en el 690. Benjamín lo encamina hacia China en el siglo III de nuestra era, pues ha puesto toda su ilusión en descifrar el misterio de una momia del Celeste Imperio que ha adquirido y completar una inscripción semiborrada de su sarcófago, para así descubrir el secreto de la inmortalidad.
Toma tierra y tiempo en Ho-Nan, en el año 220, librándose los viajeros de una muerte rápida tan sólo porque el emperador Hien-Ti, al que guardan mil doncellas y preparan placeres cinco mil actrices, se encapricha de Clarita y decide hacerla suya. (Tuvo Gaspar, cómo no, algunos problemas con la censura, que consideró inconvenientes algunas de sus producciones).

Llegada a su tiempo, vuelve a la vida la momia, que resulta ser la emperatriz, enterrada viva dos días antes de la llegada del anacronópete por su real esposo. Se enfrenta a él y, cuando todos se creen nuevamente perdidos, al grito de "¡Viva España!" los salvan los húsares, los diecisiete húsares que volvieron a la vida en el trayecto Tetuán-París, aprendieron a someterse al fluido García de la inalterabilidad y viajaron hasta China en la bodega del ingenio. Embarcan todos en él, con la emperatriz prendada de Don Sindulfo, éste con la razón perdida, Clarita y Juanita rebosantes de alegría por haber recuperado a Luis y Pendencias, y Benjamín al frente de la expedición, preocupado tan sólo por conseguir de la momia revivida la fórmula de la inmortalidad, que ya le ha confirmado que posee. Así se remata el ciclo chino, "el segundo acto", donde Gaspar da muestras de su conocimiento de las cosas de aquel país.

Los cuatro de siempre, más la emperatriz y los húsares, se encaminan entonces a la Pompeya del año 79, donde los protagonistas son hechos prisioneros y condenados a ser devorados por las fieras en el circo, pero los hijos de Marte, los mílites, los rescatan a tiro limpio. Se produce la erupción del Vesubio, claro está, y huyen al siglo XXX de la era antigua, a los tiempos de Noé, a donde les remite la búsqueda del secreto de la inmortalidad.

Don Sindulfo, al que nubla la razón el amor mutuo de Clara y Luis, hace que se convietrtan en los primeros náufragos del tiempo, pero son salvados de morir de hambre por el mismo maná y las codornices que alimentaron a los israelitas en su éxodo por el desierto. Se topan con el Diluvio Universal, averiguan que el secreto de la inmortalidad consiste en recurrir a Dios que dará la vida eterna, y el sabio, cada vez más enloquecido por los celos, hace que el anacronópete adquiera una velocidad vertiginosa e imparable y se retrograde en el tiempo, hasta que lo hace estallar el incandescente barro primigenio el día de la creación del mundo.

La novela debía terminar aquí, pero Gaspar le añadió veinte malhadadas líneas en las que explica que todo ha sido un sueño. No sólo no hacían falta, sino que resultan hasta incongruentes en una narración en la que con frecuencia el autor se dirige directamente al lector o reproduce literalmente textos históricos para ilustrarlo: no es un relato que pueda rematarse diciendo que todo ha sido un sueño. Es más, Gaspar termina este colofón diciendo: "Y no obstante hay que reconocer que mi obra tiene por lo menos un mérito: el de que un hijo de España se haya atrevido a tratar de deshacer el tiempo".

El anacronópete muestra claramente un estilo teatral que se confirma al conocer que fue compuesto primero como zarzuela en dos actos y tres cuadros, que se corresponden con las paradas que va haciendo el ingenio, y después novelado, como hizo también Gaspar con otras piezas teatrales.

Todo hace suponer que nuestro autor quiso escribir una zarzuela en la que cada uno de los cuadros correspondiese a un momento importante de la historia. ¿Cómo conseguir que los protagonistas fueran siempre los mismos?: haciéndolos desplazarse en el tiempo. Y el reparto de estos protagonistas corresponde a lo que se acostumbra en el género: dos cantantes principales (Don Sindulfo y Clarita), un dúo cómico (Benjamín y Juanita), una pareja que cierre el triángulo de las dos anteriores (Luis y Pendencias) y un coro (los húsares españoles en la parte masculina y las alegres francesas en la femenina).

* * *

Ya he dicho que Gaspar había residido por mucho tiempo en Francia y había leído a Flammarion, a quien conocía, que gustaba de contar la historia del mundo por episodios. Pero, hasta saber que se había concebido en 1881, juzgando sólo por su fecha de edición, bien se podría suponer que se había inspirado asimismo en L'historioscope de Mouton, como a mí me ocurrió por un tiempo. No es así, El anacronópete en versión zarzuela guarda las mismas semejanzas con L'historioscope y es indudablemente anterior. El manuscrito no está fechado [5], pero lo he cotejado con el que le sigue en sus papeles, el de La lengua, comedia que se estrenó en Madrid en 1882, y papel y tinta son iguales para ambos y distintos de los de otros escritos. Luego hay que concluir que se compuso en 1881, en Macao.

Las casuales coincidencias son que en L'historioscope hay igualmente un "sabio loco", Joseph Durand, que muestra a su huésped escenas sucesivas del pasado con cierto paralelismo con las de El anacronópete, episodios como el de la visita a la fortaleza de Tabor en el siglo XV, donde está el caudillo bohemio Juan Ziska con su peculiar ejército de seguidores, o a la corte del rey merovingio Dagoberto en el siglo VII, explicando cómo hizo para vestirse al revés los calzones, según dice la conocida canción infantil que comienza: "C'est un monarque si populaire...!" Finalmente le muestra a un Benvenuto Cellini que se levanta de su lecho de enfermo para terminar la pieza de fundición de su Perseo que sus ayudantes están arruinando.

Aspira el sabio a mejorar su aparato, de modo que le permita distinguir la inscripción que Leónidas hizo grabar en las Termópilas, cosa que él no consigue, al contrario que Benjamín, que sí descifra la inscripción de la momia china. Aún se refiere el galo a cómo quisiera remontarse hasta el origen del mundo, al que nunca llega, lo que sí hace el hispano. Por contar el final de la historia, cuando el escritor retorna a la casa del sabio, éste ha muerto y sus herederos han marchado a paradero desconocido, llevándose consigo todas las pertenencias del finado.

El relato es breve, poco más de cuarenta páginas frente a las más de doscientas de la narración de Gaspar y, como buena parte de la obra de Mouton, está escrito en clave de humor, un humor de otro estilo pero que tampoco falta -se halla en abundancia- en el dramaturgo madrileño.

Los pocos, en fin, que se han ocupado de El anacronópete lo han despachado como una novela a la manera de Julio Verne, tan de moda entonces, en la que se sustituyen las explicaciones científicas por sofismas seudocientíficos de carácter jocoso, pero que dan lugar a las mismas aventuras. También se señala que su erudición se hace a veces un tanto pesada, lo que es cierto, en ocasiones reproduce páginas enteras de la Historia Universal de Cantú o de la Mitología de Carrasco.

El ingenio intertemporal gozó en tiempos de cierta popularidad. Por poner un ejemplo que no se aparte demasiado del género, cuando años después Bertrán Rubio escribió el cuento El invento despampanante [6], su protagonista encomia la invención que ha desarrollado diciendo que supera a la del anacronópete del malogrado Gaspar.

Y, al margen de toda otra consideración, quede para la historia, y hágase así saber, que nuestro aborigen Enrique Gaspar

precedió a cualquier otro alienígena -reivindico aquí la acepción clásica del vocablo- y fue el primero en imaginar un viaje en el tiempo realizado mediante una máquina construida expresamente para este fin.

* * *

Este artículo apareció primero en el nº 55 de la revista BEM, febrero/marzo 1997, después lo reprodujo The New York Review of Science Fiction nº 139, junio 1999, y en parte sirvió de prólogo a la edición electrónica que hizo del libro la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción. El anacronópete se reeditó en 2000 por el Círculo de Lectores, con una introducción del citado Nil Santiáñez-Tió.

 

NOTAS

1. Se puede consultar mi artículo "El descubrimiento del mundo austral por un hombre volador, de Restif de la Bretoone".

3. Poyán Díaz, Daniel. Enrique Gaspar, medio siglo de teatro español, Madrid, Gredos, Biblioteca Romántica Histórica, 1957 (es un trabajo exhaustivo, en dos volúmenes, de donde he tomado sus datos biográficos).

3. Kirschenbaum, Leo. Enrique Gaspar and the social drama in Spain, University California Publications in Modern Philology, Univ. of Cal. Press, 1944 (Kirschenbaum visitó España en 1931/32 y entrevistó a la familia de Gaspar y a sus amigos que aún vivían).  

4. Flammarion, Camille. Narraciones de lo infinito. Barcelona, Maucci, sin fecha de edición.
 
5. Gaspar, Enrique. Viaje hacia atrás verificado en el tiempo desde el último tercio del siglo XIX hasta el caos. Manuscrito autógrafo, 20.707-19,
donado a la Biblioteca Nacional de Madrid por sus herederos.

6. Bertrán Rubio, Eduardo. "Un invento despampanante", Hojas selectas, nº 53, mayo 1906, Barcelona, Biblioteca Salvat; reproducido en Nueva Dimensión nº 30, marzo 1972.
 
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